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INFORME ANTERIOR LA IGLESIA: VICTIMA CONSTANTE DEL CONFLICTO ARMADO EN COLOMBIA ENTREVISTA A MONSEÑOR JORGE ENRIQUE JIMÉNEZ CARVAJAL Que paren de matar! Que paren de secuestrar! Que paren de amenazar! Ya no resistimos más violencia. Y que recuerden que la “sangre de mi hermano, clama a Dios”. + Jorge Enrique Jiménez Carvajal, Arzobispo coadjutor de Cartagena
¿Cuáles cree usted que fueron las razones para su secuestro? No es fácil responder esta pregunta. Lo único claro que me dijeron los guerrilleros, y esto fue al final del primer día, fue “que todo secuestro es económico” y no importa quien sea, “todo el mundo paga”. En los siguientes días mi impresión era que había otros motivos. En días anteriores le había escuchado a un hermano obispo que se había oído el rumor de que “faltaba un obispo para el paquete”. Fueron aquellos meses en que de manera particular se comenzó a hablar de un grupo de secuestrados “canjeable”. No descarto que haya sido el verdadero motivo. • ¿Recibió usted amenazas previas a su secuestro? Nunca recibí amenazas de secuestro ni de ningún otro género. • ¿Cómo acontecieron los hechos el día del secuestro? Viajaba a la parroquia más pobre de mi Diócesis en una zona en la cual en ese momento había una fuerte presencia guerrillera. El motivo era netamente pastoral. El párroco había preparado un grupo de jóvenes para el sacramento de la confirmación y yo les había prometido que estaría con ellos el lunes 11 de noviembre, día feriado en Colombia. Me acompañaba en ese viaje el Padre Desiderio Orjuela, cura párroco de Pacho y Vicario de la zona pastoral. Como de costumbre la gente me esperaba en diversos lugares para manifestarme su cariño y su compañía. Faltando unos cinco kilómetros para llegar a la localidad de San Antonio de Aguilera, donde se iban a realizar las confirmaciones, dos guerrilleros se interpusieron en la carretera y nos dieron orden de bajarnos. Eran las 9 y 40 de la mañana. A los tres vehículos que nos acompañaban les dieron la orden de continuar su viaje y los intimidaron para que no dijeran nada. Al Padre que me acompañaba igualmente le dijeron que podía irse porque ellos “sólo iban por el obispo”. El Padre Desiderio les dijo que él no abandonaba a su Obispo y se quedó corriendo mi misma suerte. Son tantos los detalles que recuerdo de aquellos momentos tan angustiosos que sería muy largo describirlos. El Plan A de los guerrilleros era ciertamente sacarnos en el jeep en que nosotros viajábamos, retornando parte del camino que nosotros ya habíamos hecho. Sin embargo, una avería en el vehículo les impidió este plan y se notaba la confusión que ellos vivían ante esta situación. En ese momento ya eran por lo menos 15 o 20 guerrilleros los que nos tenían rodeados. Aparece un Plan B, y nos echan a caminar rápidamente para ocultarnos cuanto antes. Son momentos de mucha angustia personal, y sólo la oración del Rosario que en todo momento hacíamos con el Padre Desiderio nos confortaba en tan difíciles momentos. Llegamos a un lugar junto a una quebrada con mucha vegetación y allí nos tienen ocultos hasta las ocho de la noche cuando llegan otros guerrilleros con dos caballos y nos sacan del lugar. Luego del primer desconcierto y cuando ya nos tenían ocultos comencé a intentar dialogar con el grupo guerrillero. Esta será una actitud que mantendré hasta una hora antes de que seamos rescatados por el ejército de Colombia. En un primer momento la actitud de los guerrilleros fue muy evasiva, pero poco a poco comenzamos a dialogar sobre muchas cosas, incluido el secuestro. Cuando emprendimos el camino, hacia las ocho de la noche, en una noche de luna llena y muy estrellada, comencé a tomar conciencia de que me encontraba secuestrado. Lógicamente, el recuerdo y las imágenes de tantos hermanos colombianos que ha sufrido el mismo tormento comenzaron a aflorar en mi memoria. La caminata de esa primera noche fue un camino interminable por lugares que en parte tratábamos de reconocer con el Padre Desiderio. El conoce muy bien la región, pues casi todo su ministerio sacerdotal lo ha consagrado a servir a estas buenas gentes sencillas y bondadosas de la región de Ríonegro en Cundinamarca. • ¿Cuál fue el trato que recibió durante los días del cautiverio? A toda persona, quien quiere que sea, a quien le arrebatan la libertad le dan un trato miserable. Ningún hijo de Dios merece que lo traten de esa manera. Los guerrilleros usan mucho el eufemismo de que “lo están tratando muy bien”. Yo siempre les refuté esa afirmación y les dije claramente que nunca me sentiría bien tratado por quien se atrevía a quitarme la libertad. Sólo el primer día, el jefe guerrillero, nos insultó con palabras. La verdad es que nunca más. En varias ocasiones, particularmente cuando rezaba el Rosario de la Virgen en voz alta, me amenazaron con amordazarme. • ¿Cómo era el lugar y las condiciones del cautiverio? Los lugares por donde anduvimos eran las veredas de los municipios de Ríonegro en el departamento de Cundinamarca. El último día, que fue el único día en que nos sacaron a caminar durante el día, pudimos identificar con el Padre Desiderio las veredas de Topaipí, por las cuales nos habían llevado las noches anteriores. Son veredas bastante pobres donde los campesinos luchan diariamente por sacar su sustento y donde están prácticamente abandonados del Estado colombiano, ya que no cuentan con ningún apoyo para cultivar la tierra. ¿Las condiciones del cautiverio? Todo cautiverio es horrible. La experiencia de sentirse secuestrado es espantosa. El miedo aflora a cada momento. La incertidumbre lo acompaña en todo momento a uno. El cautiverio del secuestro tiene todos esos ingredientes. Dios quiso que sus hijos fueran libres, y la libertad es uno de los regalos más bellos que nos ha dado Dios a todos los hombres y mujeres. Cuando uno pierde la libertad, siente que uno es golpeado en su dignidad y que le están arrebatando la vida misma. • ¿Entabló conversaciones con los guerrilleros? ¿De qué hablaron? Cómo lo señalé antes, una vez que los guerrilleros nos tuvieron ocultos, una de mis primeras reacciones fue dialogar con los guerrilleros. Fueron muchas horas y fueron muchos los temas. El diálogo siempre acerca a las personas. Hubo confidencias sobre su vida, sobre sus anhelos, sobre sus angustias, sobre sus planes personales. Dialogamos muchas veces sobre lo religioso, sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre la oración. Solamente uno de lo jefes nos dijo tajantemente que no creía. Sin embargo a continuación añadió su interrogante sobre la imposibilidad de vivir sin una fe en alguien superior a nosotros. Los guerrilleros de la base son campesinos muy sencillos, con la religiosidad natural que tienen todas nuestras gentes y que ha recibido su formación religiosa en sus hogares y ha recibido los sacramentos fundamentales de nuestra Iglesia. Recuerdo que el tema político en nuestras conversaciones fue muy esporádico. El grupo que me tocó a mi no tenía mayor formación en ese campo. Repetían los “slogan” conocidos sobre la injusticia del país pero no discurrían mayor cosa sobre el tema. Recuerdo que una guerrillera, de unos 18 años, era la más insistente en hablar de la injusticia. Pero ciertamente no tenían una formación en este campo. • ¿Sintió en algún momento que su vida corría peligro? Ciertamente. Varias veces. Caminar en medio de fuertes aguaceros, de noche, por caminos muy malos, en la oscuridad, por barrizales horribles ciertamente le trae a uno la sensación del peligro. Yo sentía que en cualquier momento podía resbalar y me podía pasar lo peor. Cuando nos llevaban a caballo y los animales se negaban a continuar el camino el miedo aparecía necesariamente. Pero además el sentirse uno rodeado durante 24 horas al día, de 8 diez fusiles AK, cargados por hombres que tenían cruzadas sus cananas en el pecho uno piensa que en cualquier momento puede pasar lo peor aún por equivocación involuntaria. • ¿Estuvo usted detenido con más secuestrados aparte del sacerdote Desiderio Orjuela? No. Solamente estuve con el Padre Desiderio como compañero de cautiverio. ¡Y qué regalo de Dios haberme dado un amigo como el Padre Desiderio! No me lo merecía. Vivo eternamente agradecido de su amistad y de su lealtad. • ¿Estaba usted de acuerdo con un rescate militar ? La verdad es que en mis pensamientos pasaba permanentemente el deseo de que algo pasara. Lo anhelaba. Cuando veía pasar los días creía que se alejaba la posibilidad de recobrar la libertad. Deseaba un rescate. Sí, es la verdad. Y esta idea no la acariciaba con miedo. Nunca pensé en que ese momento podría morir. Claro está, no sé, si mi cautiverio hubiera sido largo, como el de tantos hermanos colombianos que llevan años, si mi idea sobre este punto hubiera sido la misma. Hoy en día agradezco infinitamente a mi familia su valor en dar el permiso para mi rescate. Además de Dios, mi Padre maravilloso, el primero, a mis hermanos y al ejército colombiano soy deudor de la vida que hoy dedico totalmente al servicio de los queridos fieles católicos de la Costa Caribe que me han acogido con tanto cariño luego de mi inolvidable experiencia de ser obispo de Zipaquirá. Qué alegría poder contar en la vida con una familia tan bella y cariñosa como la Familia Jiménez Carvajal.
¿Cómo fueron los momentos de su liberación? Mi rescate fue un instante. Muy temprano estábamos rezando el Rosario con el Padre Desiderio, y en esa mañana tuvimos un diálogo muy largo con el jefe guerrillero, que por cierto había estado esquivo a dialogar con nosotros. De un momento para otro comienzan a sobrevolar helicópteros y el avión fantasma. En la primera media hora todo se oía muy lejos. El triunfalismo de los guerrilleros nos desconcertaba pero ciertamente los inmensos árboles y lo difícil del terreno lleno de maleza que nos ocultaba nos impedía ser optimistas. Pero comienza uno a sentir, allá en lo profundo del corazón, algo que le dice que la libertad está cerca, de que lo imposible se puede dar. Y luego cuando los helicópteros comienzan a sentirse más cerca, comienza el nerviosismo de los guerrilleros. Y entonces siento que de verdad la libertad está muy cerca. Y luego un guerrillero nos toma del brazo al Padre Desiderio y a mí como para ocultarnos más. Y entonces una voz estentórea: “suéltenlos, somos el ejército nacional, al suelo obispo”. Era el sargento Mejía que de manera sigilosa y con una voz de mando increíble irrumpe en el campamento de los guerrilleros, seguido de sus soldados y saca en estampida a los guerrilleros que cobardemente botan sus fusiles y huyen por la maleza que nos rodea. El sargento no se cansa de insistir en el cuidado de nuestras vidas y una vez que nos tienen de su lado, una balacera infinita pero al aire ya que la orden perentoria es nuestro rescate, así ninguno de los guerrilleros cayera en sus manos. Jornada magnífica la del ejército, gran profesionalidad, mucho valor, y gracias a Dios, éxito en su operación. En el corazón, una oración: gracias Señor que de nuevo me regalas la vida! El General Reinaldo Castellanos, estratega del rescate, quien me iza a su helicóptero para poder salir de la maleza me dice que la operación tenía el nombre de “renacer” y que la había puesto en las manos del Señor. • ¿Los guerrilleros enviaron algún mensaje con usted? En el momento del secuestro recuerdo haberles oído decir que me secuestraban porque sus jefes necesitaban enviar conmigo un mensaje. Y a cada momento me decían que íbamos para donde su jefe. Esa fue una de sus múltiples mentiras con las cuales trataban de engañarme. Muchas veces les dije directamente: su principal arma es la mentira. Y así es. El mensaje nunca llegó. • ¿Esta experiencia cambió su forma de ver el conflicto, la guerrilla o la fuerza pública en el país? Mucho. Una cosa es escuchar relatos y ver noticias de prensa y de televisión y otra cosa es sufrir directamente la violencia. Hoy, más que nunca, la condeno y la denuncio. La violencia en Colombia es una iniquidad. Es una perversión. No tiene absolutamente ninguna justificación. Ha degradado miserablemente la vida en nuestra patria. Pero pienso que no es imbatible. La podemos derrotar. Es un montaje que tiene pies de barro. Muy pronto se tiene que derrumbar. Para ello es urgente que todos rodeemos a nuestro gobierno y rodeemos a nuestras fuerzas armadas; ellas merecen todo nuestro respeto y apoyo. Hasta ahora el gobierno ha sido muy generoso para levantar la bandera de la paz y buscar un diálogo que posibilite una paz con menos violencia. Pero la respuesta siempre ha sido arrogante por parte de quienes no tienen ningún derecho en nuestra patria, pues lo único que le han traído es muerte y pobreza y atraso… y todos los males. Yo confío en que la profesionalidad de nuestra fuerza pública y el respaldo del pueblo colombiano al gobierno y a esa fuerza pública muy pronto nos traerá un parte de victoria. ¿Y que también se den diálogos? Pero no eternamente…Eso es una gran ingenuidad. ¿Y habrá que perdonar? Yo creo que sí. Siempre hay que perdonar. Soy discípulo de una persona que perdonó infinitamente a quienes infinitamente lo ofendieron: ¡Jesucristo! Y hay que perdonar con olvido que es el único perdón verdadero y efectivo. Y ese perdón es un don gratuito de Dios. La reacción normal de nuestra carne es el odio y la venganza y el resentimiento. Pero Dios nos concede perdonar. Eso sí, nos dice: “te perdono y no peques más”. • ¿Quisiera usted enviar algún mensaje a quienes a diario atentan contra la vida de la población civil y de los religiosos en el país? Que paren de matar! Que paren de secuestrar! Que paren de amenazar! Ya nos resistimos más violencia. Y que recuerden que la “sangre de mi hermano, clama a Dios” y que esto lo dijo el mismo Señor en el primer asesinato de la historia, cuando Caín mató a Abel. Que miren su conciencia y que miren sus manos ensangrentadas. Y que Dios también los puede perdonar a ellos si se arrepienten y no pecan más. • ¿Quisiera usted enviar algún mensaje a las personas que están padeciendo en carne propia al flagelo del secuestro y/o a sus familiares? Todos los días los pongo en oración. Particularmente después de que experimenté algo de lo que ellos han sufrido en grado infinito. Lo mío fue algo muy pequeño comparado con lo de ellos. Y que no pierdan la esperanza. A los que están cautivos y a sus familiares: Vendrán días mejores. Y perdonen una sugerencia a los familiares, me da pena de pronto molestarlos y no tengo derecho: pero no se dejen enredar por la demagogia de los jefes guerrilleros; son ellos los únicos culpables de que sus familiares estén en cautiverio. Atribuírselo al gobierno es una perversidad de la cual los violentos se gozan.
+ Jorge Enrique Jiménez Carvajal, Arzobispo coadjutor de Cartagena
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